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viernes, 11 de julio de 2014

El país de la geometría


Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?
El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo jo jo jo jo, una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.
Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero... le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.
El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían... Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.
Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.
Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:
–¿Y para que sirve esa flor, señor Rey?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!
El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.
Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:
–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.
Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:
–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?
–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor! La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.
Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.
–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.
–Ni rastros, Majestad.
–¿Y qué diablos encontraron?
–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.
–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios).
¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!
Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:

Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.
En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.
El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:
–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?
–¡Bah, bah!... –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.
–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo. –Tonto, retonto, mañana partimos.
A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.
Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.
La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.
Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.
–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.
Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.
Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste. –Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?
Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:
–Y bueno, probemos: la la la la... Y cantó y bailó un poquito.
Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto. Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo jo jo jo jo, y la Flor la dibujó.

viernes, 9 de agosto de 2013



LOS DOS AMIGOS Y EL OSO



Dos amigos, Jaime y Eduardo, andaban de paseo por la cordillera.

De repente, los atacó un oso enorme.

Jaime corrió y se subió a un árbol. Eduardo se tendió en el suelo y trató de hacerse el

muerto.

El oso se acercó gruñendo hacia el amigo que estaba tendido en el suelo. Tenía muchas

ganas de darle un zarpazo.

Pero el amigo que estaba en el árbol ayudó al otro. Tomó una fruta del árbol y se la tiró al

oso en su gran espalda.

El oso se olvidó del que estaba tendido y partió a atacar al que estaba en el árbol. El amigo

que estaba tendido aprovechó que el oso se alejaba y se subió a otro árbol. De ahí le tiró, también él,

una fruta al oso para que dejara tranquilo a su amigo.

El oso empezó a correr de un árbol a otro. Cada vez que atacaba a uno de los amigos, le

llegaba un tremendo frutazo por la espalda.

— Así no vale –dijo el oso-. Van a ver cuando los encuentre en un sitio sin árboles.

Y el oso se fue rascándose la espalda, que tenía muy dolorida por los frutazos que le habían

dado.

PRUEBA DE COMPRENSIÓN

1.- ¿Cómo se llamaban los dos amigos?

• Jaime y Luis

• Eduardo y José

• Jaime y Eduardo

2.- ¿Quién les atacó a los dos amigos?

• Un lobo

• Un oso

• Un león

3.- ¿Quién se tendió en el suelo?

• Eduardo

• Jaime

• José

4.- ¿Para qué se tendió en el suelo?

• Para despistar al oso

• Para hacerse el muerto

• Para que el oso se lo comiese

5.- ¿Qué quería hacerle el oso?

• Jugar con él

• Comérselo

• Darle un zarpazo

6.- ¿Qué le tiró desde el árbol el otro amigo?

• Una fruta

• Una piedra

• Una piña

7.- ¿Qué hizo el amigo del suelo cuando el oso se dio la vuelta?

• Salió corriendo

• Subió a un árbol

• Le tiró una piedra al oso

8.- ¿Dónde quería pillarles el oso?

• En su cueva

• En un campo lleno de árboles

• En un lugar sin árboles

9.- ¿Qué se rascaba el oso?

• La espalda

• La cabeza

• La barriga

10.- ¿Por qué se rascaba?

• Porque le picaba

• Porque iba pensando

• Porque le dolía

LA COMETA


LA COMETA


Jaime tiene siete años. Todos los días, cuando va al parque le gusta ver cómo vuelan las

cometas. Algunas son verdes y rojas, otras son amarillas y azules.

Su papá le ha dicho que el domingo van a hacer una cometa. Por eso, han ido a comprar

papel de colores, hilo, pegamento y unas varillas muy livianas.

Ese día, van temprano al parque. Entre los dos, cortan el papel y lo pegan sobre las varillas.

Luego, colocan el hilo y le ponen una cola de tela muy larga y de muchos colores. Ya está lista para

volar.

Aprovechando una suave brisa, Jaime corre por su cometa hasta que ésta, como si estuviera

animada, comienza a elevarse poco a poco hasta convertirse en un pájaro más.

PRUEBA DE COMPRENSIÓN
1.- ¿Cuántos años tiene el niño?

• Seis años

• Siete años

• Ocho años

2.- ¿Cómo se llama él?

• Jaime

• Jorge

• Juan

3.- ¿Qué le gusta ver a Jaime en el parque?

• Las flores

• Los pájaros

• Las cometas

4.- ¿De qué colores son las cometas?

• Verdes, rojas, amarillas y azules

• Verdes, rojas y amarillas

• Verdes, rojas, azules y blancas

5.- ¿Cuándo Jaime va a construir una cometa?

• El sábado

• En verano

• El domingo

6.- ¿Con quién va a hacer la cometa?

• Con su tío

• Con su padre

• Con el profesor

7.- ¿Qué cosas compran para hacer la cometa?

• Papel de colores, hilo, pegamento y varillas

• Papel de colores, pegamento y maderas

• Papel de colores, pegamento, cuerda y varillas

8.- ¿Cómo construyen ellos la cometa?

• Cortan el papel y lo pegan en las varillas

• Pegan el papel en las varillas

• Cortan el papel y lo cosen a las varillas

9.- ¿Qué hace Jaime cuando terminan de construir la cometa?

• Pinta su cometa

• Corre con su cometa

• Enseña su cometa a los amigos

10.- ¿Cuántas cometas ha construido Jaime?

• Dos

• Una

• Ninguna

sábado, 20 de julio de 2013

¿Qué es una fábula?

 ¿Qué es una fábula?
Las fábulas son composiciones breves literarias en las que los personajes casi siempre son animales u objetos, que presentan características humanas como el habla, el movimiento, etc.; por ejemplo, en El asno y la perrita de Esopo. Estas historias concluyen con una enseñanza o moraleja de carácter instructivo, que suele figurar al final del texto.
A pesar de ser un género literario sujeto a la transmisión oral de generación en generación, la fábula aún conserva esas características que la diferencian de otros géneros más mutables como la novela, a la cual el tiempo ha traído varios cambios, nuevos subgéneros, nuevas tendencias, etc.
Para saber un poquito mas:
La fábula no es nueva, ya era cultivada en Mesopotamia, dos mil años antes de nuestra era, prueba de ello son unas tablas de arcilla que provienen de bibliotecas escolares de la época y que cuentan brevemente historias de zorros astutos, perros desgraciados y elefantes presuntuosos.
A lo largo de la historia, la fábula ha sido considerada más que un elemento lúdico o un género literario. Diferentes pensadores le han dado a la fábula un tinte de elemento ejemplarizante que a lo largo de la historia ha fungido como más que relatos fantásticos con animales.
Y como siempre, un ejemplo para que podamos entender bien de qué se trata una fábula y qué mejor que una de ESOPO 
“El asno y la perrita faldera”:
Un granjero fue un día a sus establos a revisar sus bestias de carga: entre ellas se encontraba su asno favorito, el cual siempre estaba bien alimentado y era quien cargaba a su amo. Junto con el granjero venía también su perrita faldera, la cual bailaba a su alrededor, lamía su mano y saltaba alegremente lo mejor que podía. El granjero reviso su bolso y dio a su perrita un delicioso bocado, y se sentó a dar ordenes a sus empleados. La perrita entonces saltó al regazo de su amo y se quedó ahí, parpadeando sus ojos mientras el amo le acariciaba sus orejas.
El asno celoso de ver aquello, se soltó de su jáquima y comenzó a pararse en dos patas tratando de imitar el baile de la perrita. El amo no podía aguantar la risa, y el asno arrimándose a él, puso sus patas sobre los hombros del granjero intentando subirse a su regazo. Los empleados del granjero corrieron inmediatamente con palos y horcas, enseñándole al asno que las toscas actuaciones no son cosa de broma..
No nos dejemos llevar del mal consejo que siempre dan los injustificados celos.
Sepamos apreciar los valores de los demás.
FuenteWikipedia, la enciclopedia libre

jueves, 18 de julio de 2013

La Ranita Sorda


La Ranita Sorda 
    


Un grupo de ranas viajaba por el bosque, cuando de repente dos de ellas cayeron en un pozo profundo. Las demás se reunieron alrededor del agujero y, cuando vieron lo hondo que era, le dijeron a las caídas que, para efectos prácticos, debían darse por muertas. Sin embargo, ellas seguían tratando de salir del hoyo con todas sus fuerzas.

Las otras les decían que esos esfuerzos serían inútiles.



Finalmente, una de las ranas atendió a lo que las demás decían, se dio por vencida y murió. La otra continuó saltando con tanto esfuerzo como le era posible. La multitud le gritaba que era inútil pero la rana seguía saltando, cada vez con más fuerza, hasta que finalmente salió del hoyo.

Las otras le preguntaron: “¿No escuchabas lo que te decíamos?” La ranita les explicó que era sorda, y creía que las demás la estaban animando desde el borde a esforzarse más y más para salir del hueco.

Tengamos cuidado con lo que decimos, pero sobre todo con lo que escuchamos.

El príncipe y el juguetero


El príncipe y el juguetero

Había una vez un pequeño príncipe acostumbrado a tener cuanto quería. Tan caprichoso era que no permitía que nadie tuviera un juguete si no lo tenía él primero. Así que cualquier niño que quisiera un juguete nuevo en aquel país, tenía que comprarlo dos veces, para poder entregarle uno al príncipe.

Cierto día llegó a aquel país un misterioso juguetero, capaz de inventar los más maravillosos juguetes. Tanto le gustaron al príncipe sus creaciones, que le invitó a pasar todo un año en el castillo, prometiéndole grandes riquezas a su marcha, si a cambio creaba un juguete nuevo para él cada día. El juguetero sólo puso una condición:

Mis juguetes son especiales, y necesitan que su dueño juegue con ellos - dijo - ¿Podrás dedicar un ratito al día a cada uno?

¡Claro que sí! - respondió impaciente el pequeño príncipe- Lo haré encantado.

Y desde aquel momento el príncipe recibió todas las mañanas un nuevo juguete. Cada día parecía que no podría haber un juguete mejor, y cada día el juguetero entregaba uno que superaba todos los anteriores. El príncipe parecía feliz.

Pero la colección de juguetes iba creciendo, y al cabo de unas semanas, eran demasiados como para poder jugar con todos ellos cada día. Así que un día el príncipe apartó algunos juguetes, pensando que el juguetero no se daría cuenta. Sin embargo, cuando al llegar la noche el niño se disponía a acostarse, los juguetes apartados formaron una fila frente él y uno a uno exigieron su ratito diario de juego. Hasta bien pasada la medianoche, atendidos todos sus juguetes, no pudo el pequeño príncipe irse a dormir.

Al día siguiente, cansado por el esfuerzo, el príncipe durmió hasta muy tarde, pero en las pocas horas que le quedaban al día tuvo que descubrir un nuevo juguete y jugar un ratito con todos los demás. Nuevamente acabó tardísimo, y tan cansado que apenas podía dejar de bostezar.

Desde entonces cada día era aún un poquito peor que el anterior. El mismo tiempo, pero un juguete más. Agotado y adormilado, el príncipe apenas podía disfrutar del juego. Y además, los juguetes estaban cada vez más enfadados y furiosos, pues el ratito que dedicaba a cada uno empezaba a ser ridículo.

En unas semanas ya no tenía tiempo más que para ir de juguete en juguete, comiendo mientras jugaba, hablando mientras jugaba, bañándose mientras jugaba, durmiendo mientras jugaba, cambiando constantemente de juego y juguete, como en una horrible pesadilla. Hasta que desde su ventana pudo ver un par de niños que pasaban el tiempo junto al palacio, entretenidos con una piedra.

Hummm, ¡tengo una idea! - se dijo, y los mandó llamar. Estos se presentaron resignados, preguntándose si les obligaría a entregar su piedra, como tantas veces les había tocado hacer con sus otros juguetes.

Pero no quería la piedra. Sorprendentemente, el príncipe sólo quería que jugaran con él y compartieran sus juguetes. Y al terminar, además, les dejó llevarse aquellos que más les habían gustado.

Aquella idea funcionó. El príncipe pudo divertirse de nuevo teniendo menos juguetes de los que ocuparse y, lo que era aún mejor, nuevos amigos con los que divertirse. Así que desde entonces hizo lo mismo cada día, invitando a más niños al palacio y repartiendo con ellos sus juguetes

Y para cuando el juguetero tuvo que marchar, sus maravillosos 365 juguetes estaban repartidos por todas partes, y el palacio se había convertido en el mayor salón de juegos del reino.